Publicado en El Diario Montañés, 2 de agosto de 2005.
L.S.
Por suerte, no te tocó vivir aquella España. Incluso, solo viviste los estertores, medio duros, del tránsito a una democracia. Aquella maldita guerra, la nuestra, queda hoy alejada en el tiempo, ignorada por las nuevas generaciones de niños y niñas que han vivido en libertad y sólo salpicados y quebrantados por la zozobra terrorista de los asesinos de ETA y sus cómplices y por la locura fanática de un terrorismo que ha declarado la guerra -ahora es otra- a todo. ¿Qué queda de aquello? Poco, pero importante. Nos resta, a muchos, recuperar el tiempo perdido, en muchos casos de imposible vuelta atrás porque muchos se fueron; por un «bando» -¿qué mal suena ahora hablar de bandos!- y por otro. Resta devolver la «felicidad» a miles de personas que perdieron vidas y familias y hoy son ciudadanos que superan los cincuenta y que, cayeran de lado que cayeran, sufrieron aquella barbarie. Familias que se resquebrajaron cuando los hoy sesentones tenían pocos años y vivían un complicada postguerra. Dicen que el tiempo todo lo cura y es cierto. Pero para los que se nos fueron -los que perdieron la vida y los que pagaron con el exilio el dislate colectivo-, todavía hay camino por andar/desandar. Una senda común que debemos recorrer todos; en muchos casos para poner rostro a las familias perdidas, a la añoranza aprendida por décadas en la lejanía, a los miedos inconfesados de los que se quedaron que prefirieron el silencio antes que prolongar la letanía y transmitirsela a nuevas generaciones. Nosotros, los de «este mundo nuevo que es España» -una afirmación que puede sonar a necia y desconocida para una gran mayoría que todavía no peina canas- tenemos esa misión pendiente de abrazar a los que se nos fueron; de un lado y otro, por un motivo u otro. Sólo cuando recuperas por instantes a alguno de ellos, da igual el color, entiendes la tragedia vivida y comprendes las razones por las que aún cuelga de cientos de memorias -bastantes de nuestros mayores- aquella sinrazón. Se robaron entre sí vidas que, por suerte, ahora vamos recuperando.
Quienes vivieron con intensidad y en silencio esos adioses que duraron décadas saben de lo que hablo. Ahora, muchos de ellos van confeccionando en retales sus historias, las rescatan con los recuerdos cada vez que se reencuentran con su familia, esa a la que a lo mejor reconocieron hace una década después de vivir sin ellos durante cuarenta años. Y en la recuperación, y es la enseñanza, no encuentras rencor; no hay espacio para odios, ni siquiera lamentos. Hay, sí, sentimientos, recuerdos heredados de unos padres que amaban profundamente su tierra y a los suyos y tuvieron que cargar la maleta y alejarse para casi nunca volver. Dicen que el tiempo todo lo cura... Y hasta es verdad. Los hijos de aquella generación vuelven a muchos hogares para encontrarse con la generación de sus pretéritos y con las que llegaron después y nacieron cuando ellos ocupaban un lugar en la distancia... Vuelven, por días, y respiran un Santander nuevo, preñado de historia, de calles y barrios de los que saben el nombre... Sus corazones retoman las lecturas de sus padres, la vida de sus padres, el amor de sus padres, la familia de ellos y de sus padres. Y lo que te asombra, tras su sufrimiento oculto pero a flor de piel, es que no hay resquemor. Queda el dolor de la ausencia de media vida, pero su lección merece ser aprendida. Para ellos ya no hay colores en España; la pugna política es sólo eso, rivalidad política; las dos Españas son poco más que canciones de antaño; la disputa PSOE-PP se ve con otra mirada, más permisiva, más posibilista, más cercana.
Los que aún viven, peinan más de ochenta; los que se fueron, cuando niños, sesenta y... Para todos, su España, es suya. Vivida en la cercanía o en la distancia, aprendida cerca o muy lejos. Y los de allá, vuelven con un amor, y lo dicen, a una España común y diferente que tendríamos que reaprender autonomía tras autonomía. Vuelven a reencontrarse con las historias, vivencias y canciones que heredaron y siempre fueron suyas. Ponen imágenes en sus vidas, rostro y tacto a sus familias. Se dan y reciben. Y volverán a irse, llevándose en la maleta otra fotografía: la de los suyos, muy suyos; la de su tierra chica, muy suya y la España... Igual de suya, única, y mucho menos quebrada que lo que trasmiten los agoreros. Bendita lección la suya.